Desde temprano la ciudad amaneció con esa vibra de “hoy se va a poner bueno”, como cuando tu tía dice que hará una reunión tranquila y acaba llegando medio barrio con bocinas, comida y chisme actualizado.
Las calles del Centro ya traían el modo fiesta activado. Había gente llegando con banderas, brillantina suficiente para iluminar un apagón nacional y unos outfits tan elaborados que uno se preguntaba: “¿Esto es una marcha o la final de un reality de moda con presupuesto de Hollywood?”. Spoiler: era ambas.
La marcha avanzaba con música, baile y esa energía chilanga de caminar bajo el sol mientras finges que no te está dando el calorón. Porque en la CDMX hay dos cosas inevitables: el tráfico y alguien diciendo “¡ay, qué calor!” mientras trae una chamarra de lentejuelas porque el look es sagrado.
Entre consignas y carcajadas, la avenida se convirtió en una pasarela gigante. Había tacones que parecían herramientas de construcción, maquillajes que sobrevivían al clima más extremo y personas que claramente habían planeado su atuendo desde meses antes. Mientras tanto, más de uno llegó con la clásica filosofía mexicana: “ahí veo qué me pongo” y terminó con una playera de colores comprada al aventón y mucha actitud.
Los puestos de comida también entendieron la misión. Porque una marcha en México sin antojitos es como una fiesta sin música: técnicamente existe, pero nadie la está disfrutando como se debe. Entre tacos, aguas frescas y el clásico “llévese tres por cien”, la celebración tenía el equilibrio perfecto entre protesta, fiesta y reunión familiar… esa reunión donde nadie sabe quién invitó a quién, pero todos terminan bailando.
Claro que detrás del confeti y las fotos había un mensaje importante: salir a la calle para exigir respeto, igualdad y visibilidad. Porque el orgullo no nació como una simple fiesta de colores; también es memoria, lucha y una forma de decir “aquí estamos” con toda la fuerza de una ciudad que nunca sabe hacer nada en pequeño.
Al caer la tarde, la CDMX quedó con restos de brillantina por todos lados, como si un duende fiestero hubiera explotado una bolsa de confeti gigante. La ciudad volvió poco a poco a su rutina: camiones, puestos, gente corriendo y alguien preguntando “¿ya cerraron la estación?”. Pero algo quedó flotando en el aire: una sensación de que por un día —aunque sea con bloqueador, botas incómodas y mucho glitter— la capital se convirtió en una enorme pista de baile donde cabía todo mundo.
Porque así es la CDMX: caótica, ruidosa, intensa y dramática… pero cuando toca celebrar el orgullo, también sabe ponerse sus mejores colores y decir: “órale, aquí estamos y venimos con todo.”