Más perros que amores: la locura chilanga que provocó Iñárritu en la Cineteca

Publicado el 24 de mayo de 2026, 11:26

La tarde de ayer, la nueva sede de la Cineteca Nacional Chapultepec parecía más estación del Metro en hora pico que templo del cine de autor. Desde varias horas antes ya había banda formada con tote bags, libretas Moleskine y playeras desteñidas de Amores Perros, esperando ver aunque fuera de reojo a Alejandro González Iñárritu, quien llegó para encabezar una charla por los 25 años de la película que nos enseñó que en la Ciudad de México todos chocamos con todos, aunque sea emocionalmente.

La vibra arrancó desde temprano: chavos de escuela de cine hablando de “la narrativa fragmentada”, señores que todavía dicen “el Negro Iñárritu” con orgullo chilango y uno que otro colado que nomás quería aire acondicionado gratis. Afuera del recinto se armó la clásica fauna cultural defeña: café de ocho varos convertido mágicamente en latte de noventa, revendedores preguntando “¿sí traes boleto, joven?” y gente jurando que conoció a Gael García antes de que fuera famoso “porque iba en la misma secundaria de un primo”.

El motivo oficial era la presentación del libro conmemorativo de Amores Perros, acompañado por la escritora Wendy Guerra y el editor Fernando Llanos, además de la proyección de material del making of nunca antes visto. Pero en realidad aquello parecía una misa pagana del cine mexicano contemporáneo.

Cuando apareció Iñárritu, la sala explotó como microbús frenando en Insurgentes. Hubo aplausos largos, celulares levantados y un silencio instantáneo de esos que sólo pasan cuando alguien famoso se acomoda el micrófono. Vestido sobrio, tono relajado y con esa energía de profe universitario que sí te regaña pero también te invita mezcal, el director empezó a contar anécdotas del rodaje de Amores Perros: el caos de filmar en la ciudad, las broncas presupuestales y cómo nadie imaginaba que aquella película acabaría cambiando el cine mexicano para siempre.

Por momentos la charla parecía terapia colectiva chilanga. Cada referencia a la ciudad —los choques, los perros callejeros, el ruido, la furia cotidiana— provocaba risas nerviosas y cabezas asintiendo como diciendo: “sí somos”. Porque si algo quedó claro anoche es que Amores Perros envejeció raro: ya no retrata exactamente a la CDMX del 2000, pero sigue oliendo a semáforo, humedad y caos emocional.

El momento más mexa llegó cuando alguien del público quiso hacer una pregunta “breve” y terminó aventándose un monólogo de tres minutos sobre cómo la película le cambió la vida, su relación con su ex y probablemente hasta el colesterol. Iñárritu, ya curtido en festivales internacionales y preguntas eternas, nomás sonrió con paciencia franciscana mientras media sala se removía incómoda esperando el micrófono.

También hubo fragmentos inéditos del detrás de cámaras, donde se vio a un equipo mucho más joven tratando de sacar adelante una película que hoy ya es pieza de museo cultural. Ahí fue cuando varios asistentes entraron en modo nostalgia intensa: “cuando el cine mexicano sí rifaba”, murmuró un señor como si estuviera narrando una tragedia nacional.

Al final, la salida fue un pequeño Apocalipsis chilango: selfies, libros levantados al aire, estudiantes persiguiendo autógrafos y guardias culturales intentando mantener el orden con la misma eficacia que un policía de tránsito en Circuito Interior bajo lluvia. Afuera, Santa Fe seguía siendo Santa Fe —tráfico infernal, banquetas hostiles y coches de lujo— pero dentro de la Cineteca, por un rato, todos parecían convencidos de que el cine todavía podía hacer comunidad aunque fuera entre desconocidos sudados y mal estacionados.

Y así terminó la noche: con cinéfilos flotando de regreso a casa, sintiéndose protagonistas de una película existencial, aunque en realidad sólo estuvieran esperando el RTP.

Foto tomada de https://es-us.vida-estilo.yahoo.com/alejandro-gonz...