La rebelión de los baby boomers: Enrique Guzmán y Angélica María pusieron a temblar el Auditorio Nacional

Publicado el 11 de mayo de 2026, 22:17

La tarde de ayer, el Auditorio Nacional parecía reunión familiar de domingo, pero con mejor peinado y más perfume de Avon del caro. Ahí llegaron generaciones enteras: la tía que todavía dice “la juventud está perdida”, el señor que jura que él sí vio a Enrique Guzmán cuando “todavía rompía corazones y no rodillas”, y los hijos arrastrados nomás porque después habría tacos afuera.

La noche fue un viaje directo a esa época donde el rock and roll mexicano todavía se bailaba pegadito y nadie decía “cringe”. En cuanto apareció Angélica María, el respetable se transformó: señoras sacando abanico invisible, señores enderezándose el saco como si fueran a pedirle una pieza, y uno que otro fan aventándose el “¡te amo!” con la pasión de quien ya pagó ortopedista y no le teme a nada.

Y luego salió Enrique. Caminando como quien ya sobrevivió todos los chismes del espectáculo mexicano y todavía tiene pila para echar relajo. Apenas agarró el micrófono y el Auditorio se convirtió en una máquina del tiempo patrocinada por nostalgia y antiácidos. La gente coreaba las canciones con esa precisión quirúrgica que jamás usan para recordar contraseñas del SAT.

Hubo de todo: parejas bailando discretamente entre butacas, señoras grabando videos verticales de 14 minutos donde sólo se veían cabezas, y un señor en primera fila que cantaba tan fuerte que por momentos parecía artista invitado. En algún punto de la noche quedó claro que el concierto no era sólo para escuchar canciones; era para recordar exnovios, bodas, peinados imposibles y aquella época donde ligar consistía en invitar una nieve y no mandar stickers por WhatsApp.

La química entre Angélica María y Enrique Guzmán seguía intacta: se echaban miradas de “ya vivimos mil vidas arriba de un escenario” y bromitas con sabor a televisión de variedades de domingo. Más que concierto, aquello parecía sobremesa musical de leyendas nacionales.

Y mientras afuera la CDMX seguía en modo claxon y caos, adentro el público estaba feliz viviendo una cápsula vintage: puro rockcito romántico, aplauso largo y nostalgia premium. Porque algo tienen estos conciertos que logran lo imposible: por dos horas, hasta el más amargado termina cantando como si estuviera en Acapulco en 1965.

Sin lugar a dudas, el Auditorio Nacional sigue siendo uno de los recintos más emblemáticos del país y sede habitual de grandes conciertos en México. El cual, se engalana con artistas como estos que pese a su edad, todavía aguantan un piano. 

 

Kevin Levyn

El Relator del Relajo