La fila para entrar al concierto de BTS en la Estadio GNP Seguros parecía mezcla entre peregrinación guadalupana, marcha estudiantil y fila para las tortillas un domingo a las 8 de la mañana. Desde las seis de la mañana, ya había gente formada con pancartas, photocard holders colgando como escapularios y termos de café más grandes que la esperanza de alcanzar mercancía oficial sin vender un riñón.
“¿Traes pila?” fue la frase más escuchada del día. No por miedo al apagón nacional, sino porque media ciudad dependía de que el celular sobreviviera para grabar aunque fuera tres segundos borrosos de Jungkook respirando cerca del escenario.
El ambiente afuera era totalmente chilango: puestos improvisados vendiendo ramen instantáneo, banditas tocando cumbias en versión k-pop y un señor ofreciendo impermeables “por si Tláloc se pone ARMY”. Y sí se puso. Porque justo cuando empezaron a sonar los primeros VCRs del concierto, cayó una lluvia tan intensa que hasta las pestañas postizas pidieron asilo político.
Pero nadie se movió.
Ni modo de abandonar el lugar cuando iban a salir RM, Jimin y compañía. La multitud aguantó estoicamente mientras el maquillaje corría como acuarela patriótica y los lightsticks parecían sable láser de Tepito edición limitada.
Cuando arrancó “Dynamite”, el estadio explotó en gritos tan fuertes que seguramente se escucharon hasta en Toluca. Una chica junto a la zona general lloró, se hincó y declaró: “ya me puedo graduar tranquila”. Nadie preguntó de qué carrera.
El momento más mexa de la noche ocurrió cuando el sonido falló unos segundos y, en vez de incomodarse, el público empezó a cantar “Cielito Lindo”. Los integrantes de BTS nomás se miraban entre sí como tratando de entender por qué más de diez mil personas emocionadas gritaban “ay ay ay ay” bajo la lluvia.
Y luego vino el caos vial.
Salir del concierto tomó aproximadamente lo mismo que una reforma judicial. Entre puestos de elotes, gente buscando Uber con fe ciega y revendedores ofreciendo “la última hoodie original-coreana-garantizada”, miles avanzaban lentamente por Viaducto mientras seguían cantando canciones del grupo como si el after oficial fuera sobrevivir al tráfico de la CDMX.
Al final, ya con los tenis empapados, la cartera vacía y la garganta destruida, una fan resumió perfectamente la experiencia:
“Gasté mis ahorros, perdí dignidad llorando y mañana entro a trabajar a las siete… pero valió cada maldito segundo”.
Esta fue sin lugar a dudas una noche nada usual en esta capirucha.
Kevin Levyn
El Relator del Relajo