9 de marzo de 2026 | Ciudad de México
El sol de marzo no perdona, pero las miles de almas que se congregaron en el Paseo de la Reforma parecían no sentirlo. Desde temprano, el Monumento a la Revolución y la Glorieta de las Mujeres que Luchan se convirtieron en los epicentros de una marea que, año con año, se siente más densa, más organizada y, sobre todo, más diversa.
El Punto de Partida: Entre Jacarandas y Pañoletas
La jornada arrancó con el murmullo de los contingentes acomodándose. Había de todo: desde colectivas de buscadoras con el rostro curtido por la esperanza, hasta morras de prepa que cargaban sus cartulinas con la energía de quien apenas va despertando al mundo. El olor a copal se mezclaba con el de los bloqueadores solares, mientras el "¡Ni una más!" empezaba a calentar las gargantas.
La Marcha: Un Avance a Paso Lento pero Firme
A diferencia de otros años, la logística se sintió pesada. El avance hacia el Zócalo fue a vuelta de rueda; la cantidad de gente superó por mucho las expectativas. En los costados, los negocios blindados con vallas metálicas servían de lienzo para consignas en aerosol, mientras que desde los balcones de algunos hoteles, la gente aplaudía o lanzaba flores, un gesto que de volada le sacaba una sonrisa a las manifestantes.
No faltaron los momentos de tensión. El bloque negro, con la contundencia de siempre, encaró las protecciones de los edificios públicos, recordándonos que la rabia tiene muchas formas de expresarse. Sin embargo, en el grueso de la marcha, lo que predominó fue el cuidado: "toma agua", "no te separes", "aquí estamos todas".
El Arribo al Zócalo: El Estruendo del Silencio y el Grito
Al entrar a la Plaza de la Constitución, el panorama era imponente. El Palacio Nacional, resguardado tras muros de acero, se vio tapizado de nombres, flores y fotografías. Fue ahí donde la seriedad del asunto caló hondo. Entre el ruido de las batucadas, hubo momentos de silencio sepulcral al recordar a las que ya no están, seguidos de un rugido colectivo que hacía vibrar el suelo.
La tarde cayó y las fogatas empezaron a iluminar el rostro de quienes se resistían a dejar la plaza. Entre consignas, abrazos de desconocidas y el cansancio evidente tras horas de caminata, quedó claro que el 8M en la CDMX no es solo una fecha en el calendario; es el pulso de una ciudad que, aunque a veces parece indiferente, ese día se detiene a fuerza de voluntad para mirar de frente sus propias heridas.
Una ciudad que despierta...
Como cronista que observa desde la orilla, uno no puede evitar sentir que el aire de la CDMX se limpia un poco tras el paso de esta marea. Ver a las generaciones más jóvenes marchar con una seguridad que a sus madres les fue negada, da una perspectiva distinta: no es solo una protesta, es el ensayo de una sociedad más justa que se está gestando en tiempo real.
Al caer la noche, mientras los contingentes se dispersaban hacia el Metro o las paradas de camión, quedaba una sensación de posibilidad en el ambiente. La ciudad volvió a su ritmo habitual, pero con algo distinto en sus muros y en su memoria. Al final, estar ahí te deja claro que, aunque el camino es largo y las vallas siguen siendo altas, la fuerza de miles de voces unidas es la prueba de que el mañana ya no se ve tan gris. Hay una semilla de cambio que ya brotó y, la neta, no hay marcha atrás
Una crónica de:
Kevin Levyn
"El Relator del Relajo"