Imgen tomada de: https://x.com/GobCDMX/status/2028337886513209478/photo/4
Ciudad de México, 2 de marzo de 2026.
Ni el tráfico de la tarde ni los fuertes rayos del sol, detuvieron a la marea de gente que ayer saturó el Zócalo capitalino. Desde temprano, las calles de Madero y 5 de Mayo parecían procesión, pero no de las de la Villa, sino de puro fan de hueso colorado con su playera de "Las mujeres ya no lloran".
Cuando las luces se apagaron y empezaron a sonar los primeros acordes, el grito fue ensordecedor. Shakira apareció como una verdadera reina, y miren que para conquistar al público MEXA se necesita barrio y talento, y a ella le sobra. Se echó los clásicos que todos cantamos a pulmón herido en el karaoke y, por supuesto, los nuevos himnos de "facturación".
Lo más chido fue ver cómo se le quebró la voz de la emoción al decir: "¡Mi México, qué alegría estar en casa!". La neta, se sintió esa conexión real. El Zócalo vibró feo (en el buen sentido) cuando bailó la danza del vientre; parecía que hasta la Catedral se quería mover. Fue una noche de esas que te dejan el corazón inflado y la garganta seca de tanto gritar. ¡Te amamos, Shaki!
La plancha del Zócalo no era una plaza, era una olla exprés a punto de reventar. A las 8 de la noche, el aire olía a una mezcla gloriosa de esquites y tamales, la adrenalina de más de 300 mil almas apretadas como sardinas. Cuando Shakira soltó el primer aullido de Loba, la CDMX se desconectó de la realidad.
No fue solo un concierto; fue un rito. Ver a la colombiana descalza, dándole duro a la guitarra y luego moviendo la cadera con esa precisión matemática, nos recordó por qué lleva décadas siendo la mera mera. Hubo un momento épico donde invitó a unos mariachis para una versión sorpresa de Ciega, Sordomuda; ahí sí, el grito de "¡Viva México!" se escuchó hasta los pinos de Chapultepec.
Entre el confeti plateado y las luces que iluminaban el Palacio Nacional, se sentía una hermandad bien chida. No importaba si eras de la Condesa o de Ecatepec, ahí todos éramos parte de la misma manada.
Al final, cuando las luces se prendieron y nos tocó emprender el camino de regreso al Metro (que por cierto, estaba a reventar), nadie se quejaba. Nos fuimos con los pies cansados pero el alma renovada. Ayer México y Shakira sellaron un pacto de amor eterno: ella nos regaló su fuego y nosotros le entregamos el rugido de nuestra ciudad. ¡Qué noche, Shaki, nos vemos en la próxima!
El veredicto: Shakira no vino a dar un show, vino a recordarnos que, a pesar de los inconvenientes en la ciudad, siempre hay espacio para brillar y, sobre todo, para seguir facturando con el corazón por delante.
La neta, salimos de ahí con la adrenalina al 100, buscando los tacos de pastor más cercanos para bajar la emoción.
Cronista:
Kevyn Levin
"El Relator del Relajo"
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