¿La UNAM se volvió “ChatGPTNAM”? El examen de admisión que empezó con nervios y acabó en tremendo despapaye

Publicado el 27 de julio de 2026, 01:00

Había que estudiar, dormir poco, hacer simulacros y llegar al examen con los nervios de punta. Pero nadie tenía contemplado que, después de conocer los resultados, la pregunta ya no fuera solamente “¿quedé en la UNAM?”, sino también “¿y ahora sí van a respetar mi lugar?”.

El proceso de admisión 2026-2027 de la Universidad Nacional Autónoma de México terminó convertido en uno de los mayores debates recientes sobre el ingreso a la universidad pública: examen completamente en línea por primera vez, vigilancia con inteligencia artificial, acusaciones de trampas, resultados con puntajes que prendieron las alarmas en redes y, finalmente, una decisión poco común: la UNAM suspendió temporalmente las inscripciones de nuevo ingreso mientras una comisión técnica revisa el proceso.

Y sí: cuando la Máxima Casa de Estudios te dice “espérame tantito, estamos revisando”, después de que ya viste en pantalla el glorioso “SELECCIONADO”, el corazón se te va hasta Cuajimalpa.

Primero, ¿qué pasó con el examen?

La convocatoria 2026 marcó un cambio importante: el examen de ingreso a licenciatura se realizó 100% en línea, algo que la UNAM presentó como una manera de ampliar el acceso para aspirantes que viven lejos de Ciudad Universitaria o que tienen dificultades para trasladarse. La evaluación constó de 120 preguntas y contó con herramientas de inteligencia artificial para apoyar la supervisión, aunque la propia Universidad aclaró que la IA no tomaba por sí sola la decisión de cancelar un examen: generaba alertas que posteriormente eran revisadas por personal universitario.

El cambio no era menor. En lugar de cientos de jóvenes entrando a una sede con lápiz, identificación y cara de “Diosito, tú sabes que sí estudié”, ahora cada aspirante hacía la prueba desde su propia computadora, con cámara, micrófono y un sistema de vigilancia digital.

La UNAM informó que durante las primeras jornadas participaron 107 mil 349 aspirantes y que 1,117 exámenes fueron bloqueados por conductas contrarias a la normatividad. La institución también reportó que investigaba un número reducido de casos con patrones de comportamiento atípicos.

Además, la Universidad había advertido sobre servicios fraudulentos que ofrecían ayudar a resolver el examen y pidió a los aspirantes no contratar ese tipo de “servicios”.

Hasta aquí, el asunto parecía ser el clásico: examen difícil, nervios, memes y miles de jóvenes preguntando en TikTok si “¿con 105 entro a Medicina o ya valió?”.

Pero luego llegaron los resultados.

Y entonces las redes dijeron: “A ver, espérate…”

Los resultados publicados en julio provocaron cuestionamientos por puntajes inusualmente altos en algunas carreras.

Uno de los casos más comentados fue Medicina en Ciudad Universitaria. Reportes periodísticos señalaron que la línea de corte llegó a 117 aciertos de 120, dejando fuera incluso a aspirantes con 115 o 116 respuestas correctas.

En redes comenzaron a circular gráficas comparando los resultados de 2026 con años anteriores. Usuarios cuestionaron que algunas cifras fueran estadísticamente atípicas y plantearon la posibilidad de que hubiera existido uso indebido de inteligencia artificial, ayuda externa o filtración de respuestas.

Y aquí viene lo delicado: una cosa es que haya sospechas y otra que ya exista una prueba concluyente de fraude generalizado.

En redes, sin embargo, la diferencia se perdió rapidísimo.

El internet mexicano pasó de:

“Felicidades, quedaste en la UNAM 🥹”

a:

“Generación ChatGPT 💀”

en aproximadamente lo que tarda un grupo de WhatsApp en llenarse de audios de tres minutos.

La “Generación ChatGPT” y el problema de meter a todos en el mismo costal

Algunos aspirantes reconocieron públicamente haber utilizado inteligencia artificial o haber recibido ayuda para contestar el examen. También circularon testimonios sobre personas que supuestamente pagaron por asistencia o recibieron respuestas a través de grupos digitales.

Eso alimentó la narrativa de que algunos estudiantes habrían entrado “con ayuda”.

Pero hay que ponerle freno al tren del mame.

Que existan personas que confesaron hacer trampa no demuestra que todos los seleccionados hayan hecho trampa.

Y ese punto importa muchísimo porque también hay estudiantes que aseguran haber estudiado durante meses, haber presentado el examen honestamente y haber obtenido los aciertos necesarios. Incluso antes de que explotara la polémica, en comunidades como Reddit había aspirantes discutiendo precisamente sobre qué tan viable sería copiar en un examen vigilado por software y sobre las posibles consecuencias de intentarlo.

Después de los resultados, otros estudiantes contaron experiencias completamente distintas: horas de preparación, varios intentos para conseguir un lugar y, en algunos casos, la necesidad de reorganizar trabajo, vivienda o viajes al conocer que habían sido seleccionados.

Así que llamar automáticamente “tramposo” a cualquiera que haya obtenido un lugar sería tan injusto como afirmar que ningún aspirante hizo trampa.

La realidad, al día de hoy, está en medio.

El problema se puso todavía más sabroso cuando la UNAM pausó las inscripciones

El 24 de julio, la UNAM anunció que suspendía provisionalmente la entrega de documentos y las inscripciones de primer ingreso que estaban programadas para comenzar el 27 de julio.

La razón: el rector Leonardo Lomelí Vanegas convocó a una Comisión Técnica de especialistas para revisar integralmente el Concurso de Selección de Ingreso a Licenciatura 2026. La Universidad dijo que busca garantizar certeza, transparencia, igualdad de oportunidades y apego a la legislación universitaria.

La pausa afecta a los seleccionados mediante el concurso de examen, y deja en espera a miles de jóvenes que ya estaban haciendo planes para iniciar clases.

Para dimensionarlo: la UNAM contempló 50,113 lugares de licenciatura para el ciclo 2026-2027: 21,962 mediante el concurso de selección y 28,151 por pase reglamentado desde los bachilleratos de la propia Universidad.

Importante: la suspensión no afecta al pase reglamentado, por lo que los estudiantes de la ENP y el CCH que ya recibieron su asignación mantienen vigente ese proceso.

¿Y qué dice la banda en redes?

La conversación está partida, y eso quizá sea lo más interesante.

Bando 1: “La UNAM la regó con el examen en línea”

Esta postura sostiene que hacer un examen de admisión desde casa, en plena época de ChatGPT, herramientas de visión artificial y comunicación instantánea, era invitar al caos.

En Reddit aparecieron comentarios que cuestionaban desde antes del examen la posibilidad de copiar y la confiabilidad del formato. Después de los resultados, esa preocupación tomó fuerza.

El argumento central es sencillo: si la institución sabe que existe una tecnología capaz de ayudar a contestar preguntas en segundos, no puede diseñar un proceso de selección como si esa tecnología no existiera.

En versión mexa: no puedes dejar el refri abierto y luego sorprenderte porque desapareció el pastel.

Bando 2: “No culpen a todos los que sí estudiaron”

Aquí están los aspirantes seleccionados que sienten que la polémica les cayó como cubetazo de agua fría.

Para ellos, la revisión es válida si busca detectar irregularidades, pero resulta injusto que miles de estudiantes que cumplieron las reglas sean señalados colectivamente como parte de una supuesta “Generación ChatGPT”.

En redes y testimonios recogidos por medios han aparecido jóvenes que describen meses de preparación y ahora enfrentan incertidumbre sobre su ingreso e incluso gastos que ya realizaron pensando en comenzar clases.

Y tienen un punto: una anomalía estadística no convierte automáticamente a cada seleccionado en sospechoso.

Bando 3: “Pues si copiaron, que los saquen”

Esta es quizá la postura más visceral y también una de las más comprensibles.

La idea es que si alguien utilizó IA, pagó por respuestas o recibió ayuda externa, no solamente violó las reglas: le quitó una oportunidad a otra persona.

En comunidades en línea se pueden encontrar precisamente estas discusiones: unos responsabilizan principalmente a quienes hicieron trampa; otros consideran que la UNAM también tiene responsabilidad por diseñar un sistema vulnerable a esas conductas.

Y probablemente las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

El detalle incómodo: los números sí justifican revisar el proceso

Aquí conviene bajar dos rayitas al drama de internet.

La UNAM no ha establecido que todos los resultados sean fraudulentos. Tampoco existe, hasta este momento, una conclusión pública que permita afirmar que la inteligencia artificial fue utilizada masivamente para resolver el examen.

Lo que sí sabemos es que:

  • la Universidad detectó y bloqueó exámenes por conductas indebidas;
  • reportó patrones de comportamiento atípicos en algunos casos;
  • presentó una denuncia penal relacionada con posibles prácticas fraudulentas;
  • surgieron análisis públicos sobre resultados que parecían estadísticamente inusuales;
  • y finalmente la propia UNAM decidió detener temporalmente las inscripciones para revisar el proceso.

Es decir: sí hay razones serias para investigar.

Lo que todavía no hay es fundamento para convertir cada sospecha de redes sociales en una sentencia.

Nuestro juicio: la UNAM hizo bien en frenar, pero se tardó en anticipar el problema

Aquí va el veredicto sin camiseta azul y oro ni gorra de “UNAM, mi religión”.

La decisión de revisar el proceso y suspender temporalmente las inscripciones es correcta.

Si existen indicios razonables de que algunas personas pudieron obtener una ventaja indebida, la peor decisión sería hacer como que no pasó nada y continuar con las inscripciones nomás porque el calendario dice que toca.

En un concurso tan competido, la confianza en el proceso importa tanto como el resultado.

Pero también hay que decirle sus cosas a la UNAM.

La Universidad sabía que estaba inaugurando un examen completamente en línea y que utilizaría inteligencia artificial como herramienta de supervisión. También sabía que los aspirantes tenían acceso a herramientas de IA cada vez más sofisticadas. La innovación tecnológica era inevitable; lo que no era inevitable era subestimar el reto de diseñar un examen resistente a ese entorno.

La propia UNAM defendió meses atrás el formato en línea argumentando que ampliaría oportunidades de acceso y que contaba con supervisión humana y herramientas de IA.

Por eso, la responsabilidad no puede cargarse exclusivamente sobre los estudiantes.

El aspirante que hizo trampa debe responder por su conducta.

Pero una institución que diseña un proceso de selección también tiene la obligación de garantizar que sus reglas sean técnicamente robustas, transparentes y capaces de detectar las formas previsibles de fraude.

¿Y qué debería pasar ahora?

La salida justa no es “borren todos los resultados” ni “ya déjenlos entrar a todos y vámonos por unas tortas”.

La UNAM debería publicar, con la mayor claridad posible:

  1. Qué anomalías encontró.
    No solamente decir que existen “patrones atípicos”, sino explicar qué tipo de evidencia se revisó.
  2. Cuántos casos concretos están bajo investigación.
    Separando los casos comprobados de las simples alertas automatizadas.
  3. Qué papel tuvo la IA en las decisiones.
    Especialmente porque la Universidad ha aclarado que la IA genera alertas, pero que las decisiones deben ser revisadas por personas.
  4. Qué ocurrirá con los estudiantes seleccionados honestamente.
    No sería justo que alguien que se preparó durante meses perdiera su lugar por una irregularidad cometida por otra persona.
  5. Qué pasará con quienes hicieron trampa.
    Si se demuestra una conducta indebida, debe haber consecuencias, aunque eso implique reasignar lugares conforme a las reglas correspondientes.

Y, sobre todo, la revisión debe ser independiente, técnica y explicada con transparencia.

Porque el verdadero problema no es ChatGPT

El asunto de fondo es mucho más grande.

Durante décadas, el examen de admisión funcionó bajo una lógica bastante sencilla: cientos de miles de personas compiten por un número limitado de lugares y el resultado depende de los aciertos.

Pero la tecnología cambió el tablero.

Ahora una persona puede tener frente a sí una herramienta capaz de resolver problemas, explicar conceptos, traducir preguntas y generar respuestas en segundos. Pretender que el examen tradicional permanece intacto frente a eso sería como querer combatir el WiFi con una cartulina que diga “NO SE PERMITE INTERNET”.

La UNAM tendrá que decidir si vuelve al examen presencial, si modifica completamente el formato, si fortalece sus mecanismos de supervisión o si desarrolla evaluaciones menos susceptibles de ser resueltas mediante IA.

Y también tendrá que afrontar una discusión más incómoda: ¿hasta qué punto un examen de 120 preguntas es la mejor manera de decidir quién merece estudiar una licenciatura?

Porque si el acceso a una universidad pública depende de acertar unas cuantas preguntas más que otra persona, el sistema necesariamente genera una competencia brutal. Medicina, Derecho, Arquitectura y otras carreras reciben cantidades enormes de aspirantes para un número limitado de lugares, mientras algunas licenciaturas tienen una demanda mucho menor.

El examen puede ser necesario para ordenar la demanda. Pero eso no significa que sea perfecto.

La conclusión, sin humo

El escándalo de admisión 2026 deja una lección bastante mexicana: la tecnología corrió más rápido que el reglamento.

No sería justo decir que “todos hicieron trampa”.

Tampoco sería sensato decir que “no pasó nada”.

Hay indicios suficientes para que la UNAM revise el proceso, y la Universidad hizo bien en detener las inscripciones antes de consolidar un resultado que pudiera estar cuestionado. Pero la revisión debe distinguir con precisión entre anomalías, sospechas y fraude comprobado.

Y a los estudiantes seleccionados honestamente tampoco les toca pagar los platos rotos.

Si alguien se pasó meses estudiando, presentó el examen conforme a las reglas y obtuvo un lugar, no debería convertirse de la noche a la mañana en integrante honorario de la “Generación ChatGPT” nomás porque el algoritmo y las estadísticas levantaron sospechas.

Al final, entrar a la UNAM debería depender de un proceso que pueda defenderse con evidencia, no de un “dicen en TikTok que…”.

Porque una cosa es el chisme universitario —ese nunca se va a acabar— y otra muy distinta es decidir quién obtiene un lugar en una de las universidades públicas más importantes del país.

Y ahí sí, banda: que la ciencia, los datos y la transparencia hagan su chamba.