Con el Mundial cada vez más cerca —y con México afinando garganta, bandera y carnita asada— hay lecturas que caen como gol en el minuto 90. Tal es el caso del más reciente trabajo de los sinaloenses Arturo Santamaría Gómez y Eduardo Sáinz quien vuelve a poner sobre la mesa algo que muchos intuimos, pero pocos explican con claridad: el fútbol no solo se juega, también se viaja, se siente… y se consume.
En su obra El futbolista sinaloense, talento, fuerza y garra, el autor se clava —como lo haría un buen defensa central— en las historias, identidades y trayectorias que giran alrededor del balón. Pero más allá del talento y la garra, lo que deja ver es que el fútbol es también una maquinaria cultural que mueve personas, emociones y, claro, turismo.
Y aquí es donde la cosa se pone buena. Porque mientras unos ya están viendo cómo van a conseguir boletos, otros están armando el viaje completo: estadio, comida local, selfies y hasta jersey nuevo. Eso tiene nombre: turismo deportivo.
El turismo deportivo, dentro del cual el turismo futbolístico ocupa un lugar central a escala global, puede definirse como una modalidad de viaje de ocio orientada a la participación —directa o indirecta— en actividades físico-deportivas. O sea, no solo viaja el que juega, también el que grita, el que canta, el que sufre… y el que se pinta la cara aunque pierda México (otra vez).
Y seamos honestos: el fútbol tiene algo que otros deportes no logran igualar. No es solo el partido, es todo el ritual. Desde el “¡sí se puede!” hasta el análisis de sobremesa con chela en mano. Es comunidad, es identidad, es catarsis colectiva. Por eso, cuando hay Mundial, el planeta entero se convierte en una especie de romería futbolera.
Santamaría Gómez y Sáinz lo dejan claro: el fútbol funciona como un imán que no solo atrae miradas, sino también viajeros. Y en tiempos mundialistas, ese imán se vuelve irresistible. Ciudades enteras se transforman, economías se activan y millones de personas encuentran en el balón una excusa perfecta para lanzarse a conocer el mundo… o al menos a cambiar de sede para sufrir juntos.
Así que sí: el Mundial ya viene, y con él no solo los goles, sino una oleada de turismo futbolero que mezcla pasión, cultura y billete circulando. Y como diría cualquier aficionado mexicano bien curtido: si vamos a perder, al menos que sea viajando.
Porque al final, gane o pierda la selección, lo que nunca falla… es la fiesta.
La presentación de este libro nos espera el jueves 30 de abril, si estás cerca de la Insurgentes San Borja, lánzate a la Casa de Representación del Gobierno de Sinaloa en la CDMX y anotemos junto a los autores un golazo de sapiencia.