30 de marzo 2026 | Ciudad de México
El sábado pasado regresé al coloso de Santa Úrsula, al mismísimo Estadio Azteca, y no exagero: se sentía como reencontrarte con ese tío fiestero que llevaba años prometiendo “ya cambiar, ya sentar cabeza”… y de pronto sí cumplió.
Desde que vas llegando, el ambiente huele a mezcla de nostalgia, garnacha y emoción. Afuera, los puestos como siempre rifándose: la quesadilla que no sabes si es de huitlacoche o de “a ver qué cayó”, el refresco tibio y la chela a precio de estadio (o sea, doloroso pero necesario). Pero algo era distinto. La gente venía con esa curiosidad de “a ver si ahora sí quedó chido”.
Al entrar… órale. Sí hay cambio. No es como que lo tumbaron y lo hicieron de cero, pero se nota la manita de gato —y de las caras también—. Asientos más decentes, zonas más ordenadas, y baños que, milagrosamente, no te hacen cuestionar todas tus decisiones de vida. Hubo un momento en que hasta dudé: “¿sí estoy en el Azteca o me equivoqué y me metí a otro estadio fifí?”
Eso sí, el ADN no se pierde. El eco del grito, la ola que empieza tímida y de repente agarra vuelo, el señor que te tapa medio partido porque se para cada cinco minutos… todo sigue ahí, bendito sea. Porque uno no viene solo a ver fútbol, viene a vivir el ritual completo.
Durante el partido —que la neta pasó a segundo plano por ratos— la banda estaba más ocupada explorando, tomando fotos, ubicando dónde quedó su antigua sección y diciendo frases como “antes aquí me sentaba con mi jefe”. Y ahí pega la nostalgia macizo. Este estadio no es cualquier cancha, es historia viva. Aquí han pasado cosas que hasta tu abuelo te cuenta como si hubiera estado ahí… aunque quién sabe.
Hubo detalles que todavía cojean, no todo es perfecto. Filas medio lentas, señalización que a ratos confunde y uno que otro empleado que claramente anda en modo “apenas es mi primer día, joven”. Pero nada que no se pueda pulir con el tiempo.
Y justo ahí está lo bonito.
Porque la reinauguración no se sintió como el final de una obra, sino como el inicio de una nueva etapa. El Azteca sigue siendo ese gigante que impone, pero ahora con ganas de renovarse sin perder su esencia. Como esos lugares que crecen contigo: cambian, pero no dejan de ser hogar.
Salí del estadio ya de noche, con la garganta medio rota, el corazón contento y pensando que, si esto es solo el comienzo, lo que viene puede estar todavía mejor.
Y mira, en un país donde estamos acostumbrados a que las cosas “queden más o menos”… se agradece sentir que algo histórico puede reinventarse y seguir prometiendo grandes historias.
Cronista:
Kevyn Levyn
El Relator del Relajo