En la siempre surrealista Ciudad de México, donde una semana sin reportar una desaparición aparentemente puede entrar en la categoría de “chance y fue por las tortillas”, el caso de Teresa Guadalupe Molina Hernández dio un giro que ya parece sacado de una mezcla entre serie policiaca barata y tragedia familiar de horario estelar.
Teresa, de 55 años, desapareció desde el 25 de abril en la alcaldía Venustiano Carranza. Pero el reporte oficial llegó hasta el 1 de mayo, luego de que su hijo, Fernando Yael “N”, asegurara que pensó que su mamá “andaba de viaje”. Porque claro, en México hay gente que se va de vacaciones sin avisar… aunque deje media vida pendiente y desaparezca del mapa.
La historia, sin embargo, dejó de sonar a excusa improvisada cuando la Fiscalía capitalina comenzó a rascarle tantito al asunto y encontró lo que nadie quería encontrar: presuntos rastros de sangre tanto en un vehículo vinculado al hijo como en una vivienda donde Teresa fue vista entrar… pero nunca salir.
Y aquí es donde entra el protagonista silencioso de toda investigación criminal moderna: el luminol. Ese químico que básicamente funciona como el “a ver, joven, ¿qué quiso limpiar aquí?”. Las pruebas forenses reaccionaron positivamente dentro del automóvil utilizado por Fernando Yael “N”, revelando manchas hemáticas presuntamente borradas. O sea, el clásico “si trapeas fuerte igual nadie se da cuenta” salió peor que tarea hecha cinco minutos antes de entregar.
Las investigaciones también llegaron a un domicilio en la colonia 20 de Noviembre, donde cámaras y testimonios ubican a Teresa entrando el 25 de abril. Lo complicado es que no existe evidencia de que haya salido. Ahí también aparecieron indicios similares.
Mientras tanto, vecinos de la zona aseguran que el hijo seguía entrando y saliendo de la vivienda después de la desaparición, como si nada estuviera pasando. Según testimonios, llegaba diario y mantenía una actitud “muy seca”, que en lenguaje de barrio puede traducirse como: “algo no cuadraba desde hace rato”.
Ahora Fernando Yael “N” ya se encuentra en el Reclusorio Norte, vinculado a proceso por desaparición cometida por particulares agravada, mientras la Fiscalía continúa las diligencias y familiares de Teresa acuden incluso a pruebas de ADN.
Y en medio de todo el ruido judicial, quedan los recuerdos de quienes conocían a “Kita”, como le decían sus amistades: una mujer trabajadora, independiente y querida por su comunidad. Porque al final, detrás de cada encabezado rojo y cada cinta amarilla, hay una persona cuya ausencia le rompió la rutina —y el corazón— a mucha gente.